Carta N°26
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Gorze, Mayo 2006

Q
ueridos amigos,

Estos 40 días, entre Pascua y Ascensión, corresponden a la última maduración, en que Cristo resucitado inicia a sus discípulos a la vida en el Espíritu que ÉL les enviará muy pronto. "He aquí que estoy con vosotros hasta el final de los tiempos", (Mt.28,20) será la ultima palabra de Jesús. De lo que se trata, por tanto, es de despertarse a esta Presencia, de «permanecer» en ÉL y de no abandonarla nunca. Es una forma de ser radicalmente nueva, aquella del Evangelio, absolutamente revolucionaria.

He aquí el desafío: vivir con la mirada en Cristo, para no "dis-traerse" (ser traído afuera)con lo cotidiano, hay que apoyarse en ÉL, como San Pedro se apoyó sobre el agua, es decir vivir conscientemente cada instante y adherir al ahora, llevados por la llamada de Cristo. La consciencia de si mismo y de aquellos que nos rodean es entonces una sola. No hay más exterioridad y nos acostumbramos a «mirar hacia afuera como si miráramos hacia adentro». Todo en nosotros es acogida, no objetivación, ausencia de deseo, visión pura y simple, no-juicio y comunión.

Esta actitud de vigilancia es totalmente desconocida para el ego que, aquí, desaparece. El ego continua activo en la superficie, la vigilancia, ella, está presente en una «no acción», en el encuentro con la profundidad, en el silencio del SER, del que uno recibe todo y que nos guía a cada paso, en la libertad absoluta del resultado y sin embargo con una fecundidad poco común. Estamos habitados por la consciencia misma de Cristo. Ser consciente de ÉL en todas las partes de nuestro ser, ser poseídos por ÉL y poseerlo en nosotros mismos y en todas las cosas, saborear su Presencia en todas las experiencias, pasivas o activas, es el coronamiento de la consciencia personal y la cima de toda alegría.

Pero lo que constituye la cima del ascetismo es el deseo de dedicarse completamente y de forma exclusiva. Todo obstáculo debe ser alejado, incluso los buenos pretextos. Ponerse en marcha por este Camino con una voluntad dividida, una fracción de su energía y un mental vacilante no llevan a ningún lado !! Hay que romper radicalmente con nuestras costumbres, romper con nuestra forma de ser e incorporar en nosotros, con un acto decisivo que sacuda toda nuestra naturaleza, una nueva idea-fuerza, una dedicación tan completa de todas nuestras energías a Jesucristo que vivir por y para ÉL sea, para nuestro corazón, lo único deseable y para nuestra voluntad lo único que deseemos hacer a través de todos nuestros actos en la vida.

A partir de ahí, todos los otros deseos y necesidades entran en un proceso de conversión y se concentran en una pasión única por Cristo.
No se trata de una concentración intelectual sino de una consciencia física, psíquica y espiritual global, donde todo es sentido, visto y deseado en el Señor. Hacer de cada detalle, de cada forma de la vida, de cada suceso y de cada movimiento un alimento revestido del Santo Nombre para alimentar el Fuego Divino que nos habita. Mientras vivamos y nos movamos por motivos egoístas permanecemos esclavos de una consciencia inferior: no actuamos por Dios sino por nuestra satisfacción personal y con condescendencia hacia nuestras tendencias...

El Señor no se manifestará en nosotros mientras estemos en esa búsqueda de nosotros mismos. Toda nuestra forma de ser, todos nuestros actos, incluso si son insignificantes o profanos, pueden y deben ser vividos como actos sagrados y en la consciencia de una ofrenda a Dios. Todo debe ser dirigido hacia ÉL; nada debe ser emprendido por nosotros mismos ni por otros intereses, así solamente los soportes del ego, su presencia, su influencia, sus últimos refugios, son eliminados y toda la vida se vuelve una sola adoración. Detrás de todo, está la Presencia: debemos sentirla siempre y en todas partes, despertarnos a su proximidad constante en nosotros, íntima y arrolladora, percibirla intensamente y estar en comunión con ella permanentemente.

Enfocar todas nuestras emociones hacia esta Presencia de Cristo, es la forma más intensa de purificación del corazón. Tarde o temprano «El corazón puro verá a Dios» lo sentirá, lo tocará. Lo oirá y lo husmeará Todos los sentidos, los miembros y las funciones vitales serán colmadas por una Fuerza-Luz Divina que se mueve, siente y piensa en nosotros (Hechos, 1,8). El hombre está inmerso en Dios…puede serlo y lo será algún día como lo fue San Serafín de Sarov, un verdadero sol de Luz, pero ya lo es a su manera desde que comienza el Camino, cuando establece el más mínimo contacto con esa misma Luz que también está en lo más profundo de ÉL, la misma que habita en el más grande de los santos…

Al comienzo uno no percibe más que una pequeña vibración de silencio en segundo plano de nuestro ser; con las llamadas que se repiten, nos damos cuenta que esta siempre ahí, como una profundidad detrás de nuestra consciencia y que podemos reposarnos libremente incluso en medio de la vorágine cotidiana. Y progresivamente aquello se vuelve más y más sensible, como un inmenso océano silencioso que vibra en el fondo de nosotros, una verdadera Presencia con la que la Oración reanuda su contacto sin cesar, dialoga , extrae cubos de agua viva como de un pozo.

A medida que uno avanza, la Oración se va instalando más y más, la mente se enmudece y nos damos cuenta progresivamente de que ya no tenemos más necesidad de pensar para actuar, para hablar o hacer lo que sea. Con la costumbre de referirnos constantemente a la Presencia instalada en nuestra profundidad, todo nos es dado en el mismo instante que lo necesitamos y con una precisión infalible: sin ninguna reflexión, la palabra justa surge y los actos se realizan, todo sin excepción viene, sin esfuerzo por el silencio del pensamiento y de la voluntad, la remisión total a Aquél que todo lo puede .Es un estilo de vida totalmente diferente el del Evangelio. En él la acción se vuelve contemplación. Que comamos, que trabajemos o que demos un paseo, quedamos conectados y dejamos siempre pasar la misma Fuerza a través de todo. Esta Fuerza es consciencia, es manantial, nada la turba, imágenes o acontecimientos, incluso violentos, pueden atravesarla sin alterar esta Paz interior.

Si tú supieras el don de Dios! dice Jesús (Jn 4.10) Sí...dejaríamos todo por adquirirlo. La transformación total está en nuestras manos, ahí donde estamos. Pero para cuando la decisión? Que el Espíritu de Pentecostés nos otorgue la gracia!

Con todo nuestro afecto, hasta pronto!

Padre Alphonse y Rachel



Texto para meditar:

San Gregorio el Grande dijo de San Benoît:
«Puedo decir de este hombre verdadero que vivía con él mismo porque, siempre estaba atento a mantenerse constantemente en presencia de su Creador, se examinaba sin cesar sin distraer la mirada de su alma. Cada vez que una preocupación importante nos arrastra fuera de nosotros mismos, seguimos siendo nosotros mismos y sin embargo ya no estamos más con nosotros mismos: nos perdemos de vista y nos dispersamos en cosas exteriores»"

(Santa Teresa de Ávila, siglo XVI)


Oración

Nada te turbe, nada te espante, toda se pasa
Dios no se muda
La paciencia todo lo alcanza
Quien a Dios tiene nada le falta
Sólo Dios basta

(San Gregorio el Grande, siglos VI-VII)

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(Traducción Mariana y Maria-Luisa)
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